Y... de Martín González en Letras Perdidas

Y...

MARTÍN GONZÁLEZ




Tú me lo dijiste meses después. Murió, lo pronunciaste sin énfasis. ¿No lo sabías? Murió. Repetiste. No quise saber los detalles. O ahora los he olvidado, algo común, un accidente automovilístico, también murió él y la niña.

La conocí en la escuela, no puedo decir cuándo fue la primera vez que la vi, pero fue en esos días de cambios de grupo y búsqueda de utopías, ¿te acuerdas?; era de las pocas que llegaban en carro a la universidad, sus ropas masculinas y su aura de niña estudiosa no la hacían muy popular, pero en nuestra aula, la mitad de nosotros estábamos enamorados de ella, la otra mitad seguramente eran maricones.

Siempre usaba vaqueros, alguna vez la habré mirado con vestido, pero mi memoria lo ha borrado, su rostro sin maquillaje albergaba, sin embargo unos ojos tristes y expresivos, que miraban la lejanía como para señalarte cosas que solo ella podía ver.

Al principio los dos nos evitábamos, cada uno creyendo adivinar un antagonismo en el otro; yo, de natural antisocial, con ínfulas de inadaptado, me refugiaba en un fingido retraimiento. En una ocasión leía yo a Cortázar (Las armas secretas), percibí por sobre mi hombro la mirada de alguien, al volverme ella me miraba, ¿qué lees?, me preguntó, yo solo hice de lado el libro para mostrarle el título, no dijo nada y prosiguió su camino. El acercamiento fue gradual, una mirada en la que convergíamos, un hola a la salida de alguna clase, tal vez un roce al intercambiar un apunte, pero su círculo de estudios era ajeno al mío, los trabajos en grupo, las investigaciones de biblioteca, hasta las visitas a la cafetería trabajaban para que no coincidiéramos en forma alguna.

Un día, sin embargo, el destino nos miró, solamente que envió a la lluvia como aliada. Yo, de vez en cuando acostumbraba hacer caminando el regreso a casa, en esa ocasión no miré antes los reportes meteorológicos, y ahí estaba yo, dudando entre buscar donde guarecerme o sentir el olvidado sabor de la lluvia, el sonido de un claxon y una rápida llamada al interior me decidieron a que ninguna de las dos era la correcta. Lo chusco de la situación ayudó a olvidar nuestra reserva anterior, lo lógico fue un café, y después el saludo, hola, que tal, que nos dimos cuenta, pasamos por alto.

Nunca habíamos estado tan cerca, el lugar cálido, la lluvia afuera, el desgano de la tarde que se iba, todo incitaba a la plática larga, a la confidencia pura, ¿la recuerdas en ese tiempo?, su rostro había adquirido una belleza inusual, una gota de agua rodó, solitaria, por su mejilla, diluyéndose en la nada, yo ya leía a Borges, y él me lo había dicho: verla no daba sueño, sus ojos miraban con una calidez contagiosa, hurtando imágenes nunca más vistas.

Yo me descubrí escéptico, sin una meta definida, lector de poesía y vocación para nada, el tiempo aún jugaba a mi favor, para ella el estudio era su objetivo.

Me contó de su familia, su padre militar, su madre perfecta, la falta de ternura en que creció y que en forma natural terminó por hacer suya, los juegos con sus hermanos cuando pequeños, ¿alguna vez la viste sonreír?, yo la vi, sus labios delgados se curvaban entreabiertos, lánguidos, mientras las palabras se iban disgregando lentas, pausadas, pero sin perder cierto dejo de indiferencia, hablaba y sonreía.

Sin premeditarlo le tome una mano, suave, tibia, ella dejó morir la palabra entre sus labios, comprendí que había roto el encanto, intenté retirar mi mano, pero para mi sorpresa, ella la retuvo, diciéndome: ¿sabes qué estoy comprometida?, para contestar ella misma: no, claro, cómo vas a saberlo.

Me habló de él, un amigo de su padre, también militar, enumeró sus virtudes, su pasado impecable, su futuro de estrellas, que sí, que sí lo quería, pero yo percibí en su voz, o quise percibirlo así, un callado rencor que no hallaba su destino. Encontré sus ojos, en cuyo fondo se adivinaban todas las promesas. La lluvia que había menguado arreció nuevamente.

Salimos, y ya dentro del auto yo me sentí un niño cuando, con su voz suave, me preguntó: ¿traes condones? Paramos en la primera farmacia. Después un hotel gris, anónimo, confundido con otros edificios en una solitaria calle de la ciudad, ella permanecía distante, lejana, yo aparentaba una seguridad que no sentía, mi cuerpo era recorrido por un ligero hormigueo de vez en cuando, que disimulaba con un ademán o una palabra.

Adentro, los dos nos miramos sin decir nada, pasé mi mano por su rostro, enredé mis dedos en su cabello corto, ella me miró lejana, desde un olvido ya prefigurado. Hicimos el amor, bebí su cuerpo, su temblor, con rabia, con desesperanza, sin entender.

Cuando el cuarto nos devolvió nuestra desnudez quisimos hablar, explicar, y entonces entendimos que nunca más volvería a ser. En la penumbra la sentí abrazar sus piernas, descansar su rostro en las rodillas, y nuevamente hablar. Habló de su compromiso, su mundo, su futuro dibujado. Mi inexperiencia me impidió sentirme usado.

¿Te acuerdas que por ese tiempo me ausenté unas semanas? No, no me enamoré, no hubo tiempo. Cuando regresé se acercaba el fin de cursos, acaso la alcancé a divisar en dos o tres ocasiones, a lo lejos, no me miró, yo no intenté un acercamiento que sabía inútil. Después la vida, el trabajo, las circunstancias, nos fueron alejando, si es que en algún instante estuvimos cerca, alguien me comentó que por mediación de su padre había obtenido un excelente empleo, después que se había casado. No recuerdo si supe del nacimiento de su hija. Tal vez sí. El tiempo fue desdibujándola lentamente de mi memoria antes que de mis manos, que continúan recordando la primera y única vez que llegó a mí.

® Martín González B.

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