Repetición de la letra de Luciano Difilipo en Letras Perdidas

REPETICION DE LA LETRA

LUCIANO DIFILIPPO




Desde el angosto pasillo en penumbras se oía la dulce melodía proveniente de una de las habitaciones del hotel.

Cuando la música terminó, el hombre de la habitación 14 nuevamente se sintió solo. Tenía el tubo del teléfono suspendido en una mano, en actitud estúpida, un cigarrillo consumido en la otra y todo el aspecto desvalido y decadente de un hombre aturdido y temeroso.

Primero había tratado de comunicarse con el 103, el número de emergencias, pero cuando una voz femenina le preguntó el motivo de la llamada, se sintió incapaz de pronunciar palabra. Más tarde, sintiéndose más dispuesto a pedir ayuda, marcó el 917-1945, pero como sonaba ocupado, prefirió dejar el tubo descolgado.

Tambaleándose, se dirigió al baño. Un par de pastillas y una ducha fría de cinco minutos, con el recuerdo del teléfono ocupado rugiéndole al oído, contribuyó a hacerle reaccionar.

Mientras se secaba se preguntó cuál sería su próximo paso a seguir. En ese momento recordó la carta sin remitente enviada a su nombre y el carácter repetitivo de cierta vocal; tres veces se repetía la misma vocal, tres veces ubicó la palabra muerte —no importaba si decía la verdad, si mentía o se negaba a declarar, eran hechos secundarios— en el último lugar de la larga lista de vejaciones. La infame misiva finalizaba con un mensaje hipócrita que decía que la organización —la que lo amenazaba— tenía una intachable trayectoria de Dios, Patria y Hogar, y que el amenazado —es decir, él mismo— confiara en que ese grupo de argentinos nacionalistas lo protegería de los bolches asesinos.

En verdad, no fue la amenaza la que lo llenó de pavor sino la alabanza a esa trinidad autocrática cuya conjunción era más nefasta que la amenaza en sí misma. Cristian Balaguer, abogado que siempre tenía dos Agravios y un Derecho, sabía que los oponentes al gobierno estaban siendo detenidos a centenares para ser torturados y fusilados, pero nunca fusilados en primera instancia.

Fiel a su endémica costumbre de adelantarse a los hechos, se imaginó convertido en un ente cuya única preocupación consistía en descubrir qué querían hacerle declarar para confesarlo inmediatamente antes de que volvieran a torturarlo. Tan solo lo tranquilizó la idea de que esos hombres utilizaban las amenazas epistolares con el fin de crear pánico entre la población ya que las amenazas nunca eran ejecutadas, mientras que los que eran verdaderamente ejecutados nunca eran previamente amenazados. Pero íntimamente —ya no quiso mentirse más a sí mismo— conjeturó su caso como una excepción a la regla.

Es que el miedo se había convertido, en forma progresiva a largo de los años, en un abominable instrumento para amedrentar a la población y los secuestros nocturnos para eliminar a los supuestos enemigos del Estado. Y a Cristian le torturaba el continuo ocaso del día, cuando las sombras de la tarde caían en noches aterradoras de insomnio, bajo el miedo a ser descubierto por pandillas de hombres serviles que respondían al infame Daniel Agre, ese hombre cuyo helado rostro delataba su inhumanidad.

Al observarse minusciosamente en el espejo se le ocurrió —como uno de esos destellos que llegan luego de futiles horas de pensamiento— que su oposición política hacia el nuevo gobierno era una piedra arrojada a una laguna cuyas aguas sólo reflejaban las imágenes superiores, sin permitir ver lo que había debajo. La superficie ocultaba algo pestilente y repulsivo, pero sin que los demás pudieran saber qué era. Sólo él lo sabía, pero esa verdad sólo la verían los demás cuando se rompiese el espejo. Además, mientras el régimen gobernante negaba cualquier realidad conflictiva que pudiera alterar la ficticia imagen de progreso y bienestar del país, éste usaba la palabra seguridad como excusa para convertirse en un cruento estado parapolicial, haciéndose presente con toda su brutalidad en los pequeños gestos de la vida cotidiana.

Tuvo el deseo de afeitarse. Tapó el lavamanos con una media sucia, abrió el grifo de agua caliente y frotó el jabón entre sus manos; la espuma resultante la desparramó lentamente por su mentón mientras tarareaba una efímera canción de moda. Desde que tenía uso de razón, siempre había defendido la idea de que su familia era una institución obsoleta, de que la Patria era una mentira —una patraña— y de que Dios era una mera ilusión. También había hecho todo lo posible por obstaculizar la meteórica ascensión política de Daniel Agre, llegando incluso a hacer observaciones despectivas en público sobre su pasado. Así, no se sorprendió cuando uno de los primeros actos de las nuevas autoridades electas después de hacerse con el poder había sido enviarle esa amenaza de muerte por escrito.

Cuando terminó de afeitarse, una idea redentora se materializó en una navaja, la cual, pensó, le facilitaría la tarea. Cerró los ojos y mentalmente volvió a revivir el recuerdo del acto terrorista más infame, de los cuerpos destrozados en el suelo como bolsas de basura, del cuerpo de una mujer —su propia mujer— retorcido por el dolor, suplicante e histérico; el grito se posó en su conciencia como un eco de pavor y sufrimiento, de tormento y crueldad.

Repentinamente, las imágenes se desvanecieron de su mente; la angustia, sin embargo, no lo abandonó sino que lo empujó a repetir mentalmente —mientras una hoja de afeitar brillante y filosa como su lengua jugaba entre los dedos de su mano— la máxima borgeana de si había sentido en el dolor o el dolor era otro sentido.

"De todos modos, no pienso declarar", concluyó, e inmediatamente después se hundió la hoja de afeitar en la lengua.

El portero del edificio fue el primero en llegar. Había decidido tirar la puerta abajo luego de golpearla insistentemente para ser atendido. Detrás de él llegaron dos efectivos de la policía federal. Lo encontraron agonizando, sentado en una silla de mimbre con la espalda apoyada en el respaldo y la cabeza mirando al techo. Tenía los ojos en blanco y por su boca —una boca a la que le faltaba misteriosamente la lengua— corría un hilo de sangre que llegaba hasta sus piernas. Y sobre su pecho colgaba una inscripción sujeta en al cuello con cordeles en la que decía, con letra un tanto infantil y en señal de protesta, "no pienso declarar"

Buenos Aires, 1975

® Luciano Difilipo

Tu comentario es muy importante. Llena nuestro formulario de opinión y contribuirás a hacer nuestra sección de Opinión la más importante de la web. Recuerda el título del cuento y su autor: Repetición de la letra de Luciano Difilipo.

Al formulario

 

Al autorAutores novelesAl menuAl foro