El Trepa de José Antonio Mayo en Letras Perdidas

EL TREPA

JOSÉ ANTONIO MAYO




A las siete y veinte minutos exactamente, como venía siendo habitual desde hacía más de treinta años, sonó el minúsculo despertador suizo, que tenía un sonido algo violento. Arturo Mendoza, "El trepa", jefe de personal y relaciones públicas de Euroquímicas Unidas, S.A., se despertó sobresaltado, palpó varias veces el mármol de la mesilla, en busca del interruptor de la lámpara que nunca lograba encontrar, y fue dando manotazos a todo aquello que se encontraba en su desesperada búsqueda, hasta que por fin, en uno de ellos consiguió acallar el maldito ruido de la maquinaria. Después, algo más sereno, se incorporó, colocando un cojín entre la cabecera y su deforme espalda, bostezó; se rascó los cuatro pelos que aún le quedaban, ventoseó con la misma rapidez de una escopeta de repetición, y se llevó la mano a la boca del estómago, aquejándose de la dichosa úlcera. Su mujer, que al mínimo lamento de su marido se desvelaba, abandonó el plácido sueño para interesarse por su dolencia.

¾¿Qué te pasa, cariño? —dijo, mientras le alisaba los dedos de la mano derecha.

¾No sé. Me duele.

¾Será de la cebolla.

¾Seguro.

¾La cebolla es muy dañina. Por las noches deberías evitarla.

¾Tienes razón —dijo él, llevándose de nuevo la mano a la boca del estómago.

¾En la mesilla tienes Almax. Tómate un par de pastillas.

¾Vale.

Arturo Mendoza se levantó, se calzó las zapatillas y se dirigió, medio zombi, al cuarto de baño. Abrió la solapa del calzoncillo, echó el culo hacia atrás; después apoyó la mano derecha en los relucientes azulejos, dejando sus sucios dedos marcados, y comenzó a poner esa carilla de placer que produce el aliviar la vejiga. Satisfecha la necesidad fisiológica, se sacudió violentamente el flácido pene, salpicando la taza del váter; esputó repetidas veces y presionó el pulsador de la cisterna. Un ciclón de agua arrastró todas sus miserias hacia el Atlántico. Luego prosiguió de manera mecánica con la rutina de todos los días desde hacía más de treinta años: Se cepilló la desmedrada dentadura, que, como un puente romano apuntalado, se resistía a lo inevitable; se afeitó con la maquinilla eléctrica que le regalaron cuando cumplió los dieciocho, y después se aplicó una loción de "Floïd", el masaje que ha usado toda la vida. Él es un hombre fiel a todo; a todo menos a su mujer, pero de eso ya hablaremos. Arturo se miró al espejo y se acarició la barriga, como sorprendido por su volumen, aunque él no es una persona excesivamente preocupada por la obesidad. Lo asume como algo propio de quien tiene un buen salario, una segunda vivienda, dos mujeres que le quieren, cada una a su manera, claro está, y la certidumbre de un futuro esperanzador y lleno de ilusiones. Le gustaría tener un cuerpo atlético, claro que sí, pero la redondez de su barriga no es más que el fruto de la dicha. Este hombre nuevo e inmaculado, salió del cuarto de baño más satisfecho que un torero por la Puerta del Príncipe.

¾Hoy no tomes café… Ni zumo de naranja. La acidez te perjudicará aún más el estómago ¾ dijo la mujer, mientras él iba en dirección a la cocina¾ . Tómate un descafeinado. Será mejor.

El jefe de personal y relaciones públicas de Euroquímicas Unidas, S.A., es un tío que ha salido de la nada más absoluta, profesionalmente hablando, y ha llegado a ocupar uno de los escalafones más preciados del organigrama. Estarán pensando ustedes que Arturo es un "lumbreras"… Pues no. Y eso lo saben muy bien todos los que le conocen desde el inicio de su trayectoria profesional. Entró recomendado en la empresa, siendo un vulgar chupatintas con escasos conocimientos de mecanografía y mínimas nociones de contabilidad. Pero se pegó a sus superiores como una lapa a la roca y poco a poco se fue ganando su confianza. Arturo es lo que se llama "un trepa" (de ahí su apodo), es decir, un tío ambicioso, egoísta y sin escrúpulos, que se ha ido abriendo paso a codazos y haciéndose con los diferentes puestos de confianza que ha desempeñado en su dilatada carrera, del modo más indigno y miserable, con cenas, fiestas y regalos. Su ambición le llevó a matricularse en la Facultad de Derecho, y durante cinco años se machacó los sesos hasta conseguir la diplomatura, aunque en su carné de identidad figura como licenciado en Derecho. Éste, quizá sea el único mérito de su carrera profesional.

Ahora, Arturo ya no es el inepto chupatintas de antes; ahora es un hombre de empresa, calculador, previsor, con una facilidad de palabra algo extraordinaria que asombra a sus interlocutores. Sabe convencer, razonando argumentos, y tiene una destreza singular para salir de situaciones conflictivas. Es un lince. Pero este triunfador, que ha pasado por tantas adversidades y ha salido siempre victorioso de ellas, está hoy preocupado, porque; tal vez hoy sea uno de los días más difíciles de su carrera. En cierto modo es normal. Todo el mundo tiene miedo al fracaso. Le pasaba a Clay cada vez que pisaba un ring, a Nieto cada vez que se subía a una moto, y le pasa a Sainz cada vez que tiene en sus manos el volante de un coche. Es inevitable.

¾¡Arturo, está en posición de descongelado! ¾dijo la mujer desde la habitación al escuchar el ruido del microondas¾ . ¡Anoche se me olvidó cambiarlo! ¿Has oído?

¾¡Sí! ¡Vale!

Se tomó el descafeinado con tres bizcochos, encendió un cigarrillo; que le dio una punzada en el estómago a la primera calada, y abrió la agenda por el día 24 de septiembre, tal vez el día más difícil de su carrera. Hizo un breve repaso a las anotaciones del día anterior y no encontró nada eludible que pudiera aliviarle un poco el agobio que padecía. Por tanto, no tenía más remedio que hacer frente a todo ello de la manera más eficaz.

A las ocho, el Comité de Empresa iba a iniciar un encierro indefinido en la sala de reuniones, para protestar por el despido improcedente de Márquez, un trabajador dado a las bajas de enfermedad. El problema tenía difícil solución, y ponía en peligro la reputación de la empresa, máxime, ahora que aún estaba fresca la firma de un sustancial contrato con los chilenos. Sobre las diez estaba prevista la visita de una delegación provincial de políticos, acompañados de un grupo de militantes ecologistas que trataban de investigar sobre la mortandad masiva de peces por un derrame tóxico, posiblemente, vertido por su empresa. Una hora más tarde tenía que asistir al entierro de la madre de un trabajador. Si lograba sobrevivir a la mañana, la tarde se le iba a presentar un poco más pacífica: una reunión con el director general para informarle de todos los pormenores acontecidos durante la mañana, de la que saldría con unas reconfortantes palmaditas en la espalda. Debía resolver también un problemilla sin importancia con un trabajador conflictivo que sólo creía tener derechos, y no obligaciones. Y por último, tenía la grata tarea de notificar un aumento de sueldo a dos trabajadores cualificados de la misma sección.

Cómodamente instalado en su despacho, y haciendo caso omiso a las recomendaciones de su mujer, se sirve un café negro y sin azúcar, como se debe tomar el café; todo lo demás es alterar su estado natural, enciende un cigarrillo y hace un repaso a la prensa del día, mientras va deleitando a pequeños sorbos la taza de café.

El despacho es de estilo moderno y muy simple: una gran mesa ovalada, dos butacas de diseño, un archivador, un pequeño armario, un ordenador, un interfono que no deja de pitar, y el imprescindible teléfono. De las paredes cuelgan numerosos diplomas obtenidos en congresos y seminarios sobre Gestión de Empresa y Relaciones Laborales. Y, frente a su mesa, justo en el lugar donde antes estuvo la fotografía de Felipe González, se encuentra ahora la del presidente Aznar. No obstante, Arturo guarda como oro en paño la foto de González, por si algún día tuviera que volver a colgarla.

Suena el interfono y Arturo se afloja el nudo de la corbata y responde con una voz artificial:

¾¿Siiii…?

¾Arturo, están aquí Cañizares y Zamorano. Dicen que quieren una reunión urgente con usted.

¾…Dígales que pasen.

Cañizares y Zamorano, miembros del Comité de Empresa, son asimismo, delegados sindicales de Comisiones Obreras y de la Unión General de Trabajadores, respectivamente. Y son los únicos subordinados que se atreven a tutear al Jefe de personal, claro, que él lo consiente, un poco a regañadientes, porque son muchos los favores que les debe a estos elementos. Se puede decir que, una parte muy importante de su éxito se la debe a ellos.

¾Pasad, pasad. ¿Un café? Pedid lo que queráis. Esta es vuestra casa ¾ dijo con una sonrisa, un tanto hipócrita y guasona, con unas gotitas de mala leche.

Cañizares se enzarzó en un discurso Marxista que, ni él mismo sería capaz de entender en los momentos más lúcidos de su existencia. Dijo frases hechas, citó personajes, fechas; y acusó a la empresa de fascista, paternalista, prepotente e intransigente, mientras miraba a su compañero reclamándole muestras de complicidad. Éste, de vez en cuando, hacía un gesto afirmativo con la cabeza, pero de una manera tímida. Cañizares tragó saliva, llenó el pecho de aire y continuó diciendo:

¾No consentiremos, de ningún modo, que un trabajador sea despedido improcedentemente, y mucho menos por el simple hecho de estar enfermo. Si Márquez coge la baja, es porque está enfermo, y nadie debe dudar de ello. El parte de baja lo extiende un profesional de la medicina, al que también se está poniendo en entredicho. Exigimos la inmediata readmisión de nuestro compañero.

El jefe de personal no intervino en ningún momento. Sólo escuchaba muy atento. Era su táctica. Ahora Zamorano tomaba la palabra:

¾Permaneceremos encerrados indefinidamente en la sala de reuniones, y comenzaremos a realizar una serie de movilizaciones que culminarán en una huelga, en el caso de que nuestro compañero no sea readmitido. En este instante se está redactando un comunicado que se enviará a la prensa para hacer público el problema.

Después de estas dos acaloradas intervenciones, el jefe de personal continuó en silencio durante un buen rato, lo que crispó aún más los nervios de los delegados. Por fin se decidió a hablar:

¾Vamos a ver, Zamorano… No quiero cuestionar la honradez de Márquez, y mucho menos me atrevería a cuestionar la del médico que diagnostica sus enfermedades. Pero Márquez es un hombre que estaba creando muchos problemas a esta empresa, e indirectamente a todos sus empleados. Márquez estaba ocupando un puesto de trabajo que no desarrollaba. Cuántos estarán deseando un empleo así… Seguro que su despido va a beneficiar a otro… Seguro. Por cierto, Zamorano, ¿cuándo termina tu hijo el contrato?

¾En noviembre.

¾Es posible que lo vuelva a renovar. Es muy posible. Tu hijo es trabajador, constante y tiene iniciativa.

Si el orgullo engordara, Zamorano estaría pesando ahora diez kilos más.

El jefe de personal se dirigió ahora a Cañizares, que mantenía una irónica sonrisa en sus labios.

¾Cañizares, dentro de unos meses, tres o cuatro a lo sumo, Garrochena, el encargado del almacén, se va con la jubilación anticipada. De los numerosos candidatos a ocupar su puesto, la dirección cree que tú eres el más idóneo. ¿Qué te parece?

Los dos representantes de los trabajadores, después de hora y media de confidencias extraoficiales, bromas, cafés y cigarrillos, abandonaron el despacho del jefe de personal y desconvocaron el encierro, porque Márquez, "tenía mucho que matar". Esta es la razón que dieron a sus compañeros encerrados. Así quedó zanjado uno de los mayores problemas con los que se ha enfrentado en su carrera.

Inmediatamente después, su secretaria le pasa una llamada de María Garrido, su amante, una viuda de buen ver. Bueno, ella siempre se anuncia como Concha Zamudio, de Seguros Peninsulares, para evitar suspicacias. María, diplomada en felaciones y otras artes carnales, que para Arturo están vetadas por su legítima, absorbe casi la totalidad del presupuesto que Arturo tiene asignado a gastos de representación como relaciones públicas, que no es moco de pavo.

¾Arturo, soy yo, Mari. ¿Cómo estás del estómago?

¾Psch… regular.

¾Oye, no me llames a casa en unos días. Mi hijo ha venido a verme, y ya sabes que no me gusta que se entere de lo nuestro. Todavía tiene a su padre muy metido en la cabeza. Es normal. Compréndelo.

¾¿Estará mucho tiempo aquí?

¾No sé, chico… Siete u ocho días. Qué vamos a hacer. No te importa, ¿verdad?

¾No, no, qué va.

¾A las seis y media nos vemos en el California, ¿vale?

¾Vale.

¾Un beso, amor.

¾Adiós, chati.

No habían pasado ni cinco minutos, cuando llamó su legítima con la misma historia de siempre:

¾Arturo, cariño, ¿estás mejor?

¾Psch… regular.

¾Que te llamo, porque cuando salga del gimnasio voy a ir con mis amigas al centro, de tiendas, ya sabes. Y después nos quedaremos a comer en algún self-service. Te lo digo por si se te ocurriera llamar a casa, para que lo sepas.

¾No te preocupes.

¾Oye, no tomes café, ¿eh? Y no fumes.

¾Bueno…

La pobre era con lo único que disfrutaba, porque el sexo, ni catarlo. La última vez que tuvo un orgasmo fue en Conil, durante las vacaciones de Semana Santa, hace ya más de cinco meses. Pero eso no parece importarle mucho, porque ella con lo que verdaderamente disfruta es comprándose modelitos, que a veces, no se los pone más de una vez. Siente un placer especial estrenando. Y sólo algunas veces, cuando las compañeras de aeróbic presumen de la virilidad de sus maridos y de sus juegos perversos, ella siente que algo se está perdiendo.

De nuevo suena el interfono:

¾Arturo, los diputados y el grupo ecologista esperan en la sala de reuniones.

¾Gracias. Voy ahora mismo.

No fue fácil convencerles. Para ello tuvo que ocultar información, falsear datos y registros, y sobornar a un ecologista poco convencido de su militancia, que estaba empeñado en que el derrame tóxico se había producido en esa factoría. Los políticos, sin embargo, se mostraron cordiales en todo momento, porque comprendían que, a veces, los procesos industriales no pueden evitar desastres como éste. Es el precio del progreso. Arturo explicó, con datos maquillados, lo mucho que su empresa contribuye a la protección del medio ambiente, y dio unas cifras poco creíbles sobre las inversiones que tenían previstas para adecuar las instalaciones a la normativa comunitaria en materia ecológica. Todo salió bordado, y las delegaciones quedaron satisfechas, más aún, después de haber tomado unos crustáceos con manzanilla de Sanlúcar.

De regreso al despacho, la secretaria le comunica que tiene al teléfono a un tal Sarasóla, de la Delegación Provincial de Trabajo, que ha llamado dos veces mientras él estaba reunido.

¾Dime, Sarasóla.

¾Oye, Arturo, que te llamo porque, el día veintinueve te haremos una visita. La última vez nos pusiste en un compromiso. Que esté todo en orden, ¿vale?

¾Estará todo en orden. No te preocupes.

¾Mira, … Arturo, …que dentro de unos meses hay elecciones y los de arriba quieren lavar la imagen…

¾Yo me encargaré de todo. No habrá ningún problema.

Finalizada la jornada, Arturo acude a la cita del California, allí toma unas cañas con Jabugo, acaricia las cachas de Mari, mientras escucha "Oye niña", de Hilario Camacho; después la coge por la nuca con extrema delicadeza, la atrae hacia él violentamente y le da dos bocados en el labio inferior, tal vez, descargando esa rabia contenida por no haber podido subir al piso, porque al "capullo" del niño se le había ocurrido ir a visitar a mamá. Al salir, Arturo se despide de Mari con un beso de tornillo, ante la mirada atónita de unos viejos que jugaban al dominó. Después se detuvo en un pub cercano a su casa, tomó un Marqués de Cáceres con unos frutos secos; tiró unos dardos con muy poca precisión, y comprendió que era el momento de subir a casa.

Su mujer le besó como se besa a alguien que viene de un largo viaje, luego le cogió la chaqueta y el portafolios y le facilitó las zapatillas.

¾¿Qué tal, cariño? ¿Cómo ha ido el trabajo? ¾ preguntó, y no por simple cumplido, sino con sumo interés. Ella es así.

¾Bien, bien. Todo ha ido bien, pero estoy muy agotado. El día ha sido muy duro.

Se sentó en su segundo trono, encendió el televisor y comenzó a hacer zapping. La mujer fue hacia la cocina y enseguida volvió con una cerveza muy fría, como a él le gusta.

—Toma, cariño. Voy a terminar de preparar la ensalada.

—Ponle mucha cebolla.

—Bueno.

Después de cenar, él se fue a la cama, y ella se encerró en el cuarto de baño. Llevaba ya más de diez minutos allí metida, cuando Arturo se percató de que tardaba demasiado, y pensó, que quizás estuviera entretenida con los cuidados dentales, o dándose esos potingues para las arrugas, en los que dejaba todos los meses una fortuna. Pero, cuál fue su sorpresa, cuando la vio salir con un provocativo conjuntito de fino encaje.

—¿Te gusta? —dijo ella, con una extraordinaria sensualidad.

—Sí. Te favorece mucho. Es muy bonito. Es precioso.

Arturo apagó la luz, encendió la radio y se puso a escuchar El Larguero.

Al día siguiente, como venía siendo habitual desde hacía más de treinta años, sonó el minúsculo despertador suizo que tenía un sonido algo violento, y Arturo Mendoza, "El trepa", se despertó sobresaltado, palpó varias veces el mármol de la mesilla, en busca del dichoso interruptor de la lámpara que nunca lograba encontrar; y en uno de los manotazos con los que abatía todo lo que se iba encontrando en su desesperada búsqueda, consiguió acallar la maldita maquinaria suiza. Se incorporó, colocando un cojín entre la cabecera y su deforme espalda, bostezó; se rascó los cuatro pelos que aún le quedaban, ventoseó con la misma rapidez de una escopeta de repetición, y se llevó la mano a la boca del estómago, aquejándose de la dichosa úlcera. Su mujer, que al mínimo lamento de su marido se desvelaba, ese día no se despertó.

 

® José A. Mayo

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