Los dos oficios de Natalio Muriondo de María C. Serrano en Letras Perdidas

LOS DOS OFICIOS DE NATALIO MURIONDO

MARÍA CECILIA SERRANO




El pueblo era pequeño y tranquilo, aún no había sido tocado por los avances tecnológicos. Quedaba junto al cementerio y paradójicamente sus habitantes, personas sencillas, sentían una especial aversión por la muerte y todo lo que a ella se refiriera. Con el tiempo la gente olvidó el nombre del lugar y, por su ubicación, lo llamaban Camposanto.

Entre los vecinos se destacaba don Aparicio Muriondo, un viudo de notable carácter; la muerte de la esposa se había producido a raíz de un accidente, resbaló por las escalinatas de la iglesia a la salida de misa. Era un hombre emprendedor y entusiasta que, merced a su visión comercial y a un total desprecio por las supersticiones populares, instaló una casa de pompas fúnebres. No fueron pocos los sufrimientos que la ocupación de don Muriondo le acarreó a su hijo Natalio. El muchacho, huérfano de madre desde muy pequeño, estaba circundado por una realidad absolutamente tétrica. Acompañaba a su padre a todos los servicios al que éste debía asistir y convivía con cadáveres, féretros y coronas. Los chicos lo hacían objeto de bromas crueles y le colgaban los apodos más espeluznantes del humor negro. Cada vez que lo cruzaban escondían la mano tras la espalda y fabricaban con el meñique y el pulgar una suerte de cuerno protector. En los años de escuela primaria la maestra se vio forzada a obligar a los alumnos a sentarse con él; durante el secundario resultó el único ocupante del último banco, así creció, en soledad y sin amigos.

Con la muerte de don Aparicio, Natalio, que nunca había pensado dedicarse a otra cosa que no fuera la funeraria, debió hacerse cargo de la empresa. Al no contar con competidores en el ramo se ocupaba de los servicios locales y de los de las poblaciones vecinas que, debido al aumento demográfico, con el tiempo terminaron aún más vecinas de Camposanto.

En cierta ocasión la Funeraria Muriondo fue requerida para el sepelio de un farmacéutico suicida, todo se desarrollaba con normalidad hasta que frente a la fosa en la que sería depositado el cajón estalló el escándalo. El sacerdote aseguraba haber asistido en calidad de simple vecino y se negaba a darle cristiana sepultura alegando que "sólo Dios puede conducir a los hombres a su Descanso Eterno". Sollozos, ruegos y pedidos de la familia parecían fortalecer la terminante negativa, no hubo forma de convencerlo y el farmacéutico debió ser enterrado sin recibir la bendición y sin que una plegaria sacerdotal se elevara por su alma.

Luego de mucho cavilar, Natalio llegó a la conclusión de que en Camposanto él cumplía las funciones de Dios, ya que se ocupaba de llevar a los hombres al lugar de su Eterno Descanso.

Pasó noches enteras rumiando la idea, el sol lo veía amanecer temprano sin que hubiese conseguido resolver una duda, no lograba que la nueva concepción que había adquirido de su actividad lo dejase satisfecho, algo no cerraba. Un dos de noviembre caluroso, húmedo y estallante dio con la respuesta. El cura en su arenga contra el suicidio había dicho demás que "únicamente Dios da la vida"; no sólo se había referido al monopolio divino sobre la muerte sino que también lo aplicaba al de la vida, rubro que él no explotaba… aún. Decidió que en su nombre estaba cifrado ese destino: Natalio Muriondo.

Con su visión mercantilista y carácter dinámico dispuso que era el momento de crear la primera clínica maternal de Camposanto y zonas aledañas, adonde todas las mujeres de la comunidad y de las localidades cercanas concurrirían para que nacieran sus vástagos.

Cumplió con su nuevo objetivo. Camposanto estaba orgulloso de los avances, ya nadie tenía que viajar hasta la Capital ni debía esperar a que la comadrona fuera a su casa para que sus hijos llegaran al mundo. Él ya no era el muchacho al que los demás despreciaban por su entorno mortuorio, ahora las vecinas del pueblo le agradecían los progresos, era un personaje de los más estimados.

En tardes zumbonas de siesta obligada se solía escuchar la voz gangosa que, en un destartalado vehículo, recorría las calles de tierra repitiendo desde el parlante: ¡Llegue al mundo y márchese de él con los servicios que le brinda Muriondo. Maternidad, Funeraria. Excelencia en nacimientos y velatorios. Obras sociales!

La vida pueblerina transcurría chata y lenta, como distraída. Nadie prestó atención a Natalio que se iba volviendo taciturno, ensimismado, con la mirada lejana. Empezó a usar barba, se dejó crecer el pelo y adoptó movimientos pausados, andaba por las veredas desparejas de las zonas más alejadas hablando con los niños y los ancianos. Fue el tiempo en que muy de cuando en cuando comenzó a decir que él era Dios, antes había guardado el secreto para sí. Más tarde llegó a hacerlo con asiduidad y hasta hubo quien con una sonrisa velada lo llamó "mi Señor".

A partir del total convencimiento de su calidad de Ser Divino asistió a todos los servicios religiosos ofrecidos por sus involuntarios clientes. Jamás cometió un error, con beatífica sonrisa y gestos patriarcales consolaba a deudos o felicitaba a padres orgullosos y alborozados según el caso. Dios es Perfecto.

Nunca se casó ni se le conoció episodio sentimental alguno. Cuando alguien le hacía un comentario al respecto sonreía y si se hallaba en un período de locuacidad, generalmente posterior a una etapa de depresión que él llamaba de misticismo, aseguraba: —Dios es amor.

En cierta oportunidad debió asistir a una misa que se celebraba por el descanso del alma de un lugareño de cierto prestigio; el ministro destacó las virtudes del muerto y aludiendo a su obediencia religiosa citó el pasaje del Génesis en el que Abraham le dice a Isaac: "Dios Proveerá el cordero para el sacrificio hijo mío". Esta frase golpeó durante días a Natalio que interpretó que estaba faltando a uno de sus deberes de padre omnipotente y se angustió por el sentimiento de culpa que le producía la certeza de fallar. En forma súbita, un Domingo de Pascua, su estado de ánimo cambió y recuperó el entusiasmo que siempre lo había caracterizado ante una nueva iniciativa. Llamó al abogado y administrador para comunicarle su decisión de inaugurar una proveeduría. Se discutieron conveniencias y perjuicios de la idea, se calcularon una y mil veces costos, riesgos y ganancias y se trazaron esbozos de las propuestas que fueron surgiendo.

Hubo quejas de los comerciantes, pero lo solucionó contratándolos para que desarrollasen su labor en el nuevo proyecto que se disponía a iniciar. Cada uno de los rubros de la proveeduría sería atendido por un vecino. Camposanto crecía y sus habitantes disfrutaban de un bienestar al que nunca habían tenido acceso. Natalio aseveraba que por sobre todas las cosas Dios es Justo y Misericordioso.

Llegó a dar sermones en la plaza, hacía penitencia caminando bajo la lluvia sin más abrigo que las largas túnicas que ahora usaba. Varias veces para dar ejemplo de sacrificio cumplió prolongados ayunos. Su salud se deterioraba inexorablemente pero esta cuestión a él no le preocupaba, sabía que Dios es Eterno.

Vanos fueron los intentos de amigos y algunos vecinos para persuadirlo de su error. Cuando el hecho llegó a oídos del párroco amenazó con excomulgarlo por blasfemo pero todos los esfuerzos resultaron infructuosos. Él era Dios.

En el pueblo imaginaron que si el cura no tomaba medidas drásticas en el caso era porque, en cierta forma, contribuía al pleno empleo, a la salud pública y de un modo un tanto sui géneris a la difusión de la Fe. Exhortaba a la gente a cumplir los Mandamientos y a no dejarse llevar por la codicia, la ira ni el odio.

El rumor se expandió a lo largo y a lo ancho del lugar, también a él le llegó pero no le dio crédito. Dios no muere a causa de males incurables. Fue inútil todo intento de someterlo a algún tratamiento, se opuso terminantemente. Trabajaba con ahínco en la búsqueda de nuevos emprendimientos y continuaba con su habitual modo de vida, media jornada dedicada a los negocios terrenales y el resto a la meditación, a posar su mano etérea y huesuda sobre la cabeza de los enfermos y a acrecentar el amor que había conseguido que el pueblo sintiera por él. Se creía compensado holgadamente por su soledad de tantos años, imaginaba que la vida oscura de su juventud era lo que lo hacía resplandecer aún más ante la gente y estaba seguro de que lo mismo ocurriría con las generaciones venideras.

Un Viernes Santo cayó ya desahuciado. Terco, se resistía a recibir atención médica. Cuando el padre Juan se acercó para administrarle los últimos sacramentos lo rechazó, entre sus conceptos no figuraba la muerte de Dios.

Permanecía con los ojos cerrados y respiraba en forma tan pausada que apenas se llegaba a percibir. Los vecinos de Camposanto habían organizado peregrinaciones, novenas y aguardaban afuera orando, rodeaban la casa tomados de la mano y el murmullo llegaba hasta la habitación, Natalio lo oía y pensaba que tanto amor merecía más de su bondad, por eso estaba deseoso de recuperarse pronto para retomar sus tareas. Dios no abandona a su rebaño.

Por momentos caía en cierto estado febril provocado por el mal que lo aquejaba, entonces imágenes de multitudes vitoreándolo le dibujaban una sonrisa absolutamente feliz en la cara demacrada y consumida. En más de una ocasión intentó levantarse para bendecirlos desde la ventana pero la falta de fuerzas se lo impidió.

Jamás estuvo solo, los médicos hacían guardia turnándose día y noche, aunque nunca lograron que aceptara un comprimido o una inyección para aliviar su sufrimiento. El cura pasaba la mayor parte del tiempo que sus obligaciones le permitían junto a Natalio, no perdía la esperanza de que, aunque fuese en el último instante, se arrepintiera de su sacrílega actitud.

Los días transcurrían perezosos, parecía una proyección en cámara lenta, todos vagaban como almas en pena por las calles polvorientas del pueblo esperando el milagro, deseaban creer en la eternidad de Natalio.

La habitación permanecía en la semipenumbra, los presentes estaban en silencio a la espera. Asombrados observaron que se sentaba en la cama y con expresión clara y despierta hacía señas al sacerdote para que se aproximase.

El padre Juan se aprestó a ungirlo con los Santos Óleos y a escuchar su acto de contrición final, sentía una íntima felicidad por poder recuperar el alma de Natalio Muriondo para Dios. Le tomó las mano flacas y acercó su oído al rostro pálido, vio que sonreía y agradeció que la luz de la esperanza le hubiese abierto el corazón.

Natalio le apretó los dedos, cerró los ojos y se convirtió en ateo.

Agosto/2003

® María C. Serrano

Tu comentario es muy importante. Llena nuestro formulario de opinión y contribuirás a hacer nuestra sección de Opinión la más importante de la web. Recuerda el título del cuento y su autor: Los dos oficios de Natalio Muriondo de María C. Serrano.

Al formulario

 

Al autorAutores novelesAl menuAl foro