Crítica editorial - Letras Perdidas
 

27.- "LOS INVÁLIDOS" DE BALDOMERO LILLO (CHILE).

Desde pequeños, solemos transformar el mundo. Así, de rígido y lejano, lo convertimos en algo maniobrable, comprensible y, por sobre todo, hacemos que pierda toda la carga de hostilidad. Construir una visión de las cosas como si fueran seres animados nos permite maniobrarlas. La visión animista que manifiestan los niños no es un mero juego sin sentido, un error pasajero. Es un intento por hacer explicable el mundo. Al dotar a los objetos de características humanas podemos hacernos la ilusión de "comprender" ese mundo. Un ejemplo claro de ello lo dan todas las culturas primitivas y sus diversas ceremonias para atraer la atención de la lluvia, la cosecha o lo que fuera. Claro que ciertos rasgos de esa visión animista siempre perduran y pueden rastrearse en toda cultura. Sería ocioso hacer aquí el recuento, pero sería sencillo para cualquiera que lo intentase. Tanto más científicamente inexplicable nos parezca el mundo, más tenderemos a elaborar una concepción animista.

Lo que los humanos consideramos una visión adulta del mundo significa retornar a las cosas a su estado pasivo, a su existencia muda, a su comportamiento regular y mecánico. De esta manera nos devolvemos la responsabilidad sobre aquellos objetos que nada tienen que ver con la voluntad de los seres inanimados, sin alma. Al quitarles esos rasgos, el mundo deja de ser un campo de batalla entre la veleidosidad humana y la de las cosas que lo pueblan.

El problema serio comienza cuando el mundo no sólo no puede ser conquistado por una suerte de visión animista, sino que el hombre es conquistado por las cosas. El problema, en definitiva, no es una visión animista del mundo, sino una visión cosificada del hombre. El animismo supone la colonización de las cosas mediante la asignación de las características propias de nuestra especie. El mundo aparece "humanizado". Pero también existe la posibilidad de que el hombre aparece cosificado, es decir, desnaturalizado, deshumanizado.

Esto es, efectivamente lo que ocurre en ese contexto minero que retrata el autor. Los hombres han dejado de ser personas y han pasado a ser cosas. Y eso queda a la vista, y de manera desoladora, cuando se percibe la relación de similitud que existe entre el caballo a sacrificar y los hombres que trabajan agotadoramente en la mina. El autor no necesita hablarnos excesivamente de las características de los hombres del lugar para darnos a entender la pésima situación física en la que se encuentran. Le basta hacer que los mineros se identifiquen con ese jamelgo de mala traza que ha caído en la desgracia de ya no servir en un trabajo tan agobiante, para que todas las características que le sean asignadas a él pasen a ser asignadas, por el lector, al conjunto de agotados trabajadores. Así que los hombres pasan a quedar retratados por el caballo. Pero es esto algo más que un recurso literario, es también una forma de dar a entender la tragedia en la que están envueltos esos trabajadores. Es así que uno de los más viejos obreros, cobra fundamental importancia en tanto él es el que marca ese procedimiento empleado, tanto en sus actitudes como en su discurso. ("En su rostro marchito, pero de líneas firmes y correctas, había una expresión de gravedad soñadora y sus ojos, donde parecía haberse refugiado la vida iban y venían del caballo al grupo silencioso de sus camaradas, ruinas vivientes que, como máquinas inútiles, la mina lanzaba de cuando en cuando, desde sus hondas profundidades.")

Es entonces que la cosificación de los hombres del lugar adquiere su mayor dimensión. No se habla de los sueños de los hombres, de las ilusiones que tenían. Nada de eso aparece, porque ya no hay lugar para asuntos como esos. El oscuro tizne de la mina ha teñido brutalmente sus vidas. Cuando se dice que el viejo caballo les recuerda días mejores sólo aparecen alusiones a cómo era la mina antes, hace diez años, cuando los brazos eran vigorosos para el trabajo. Pareciera que esos hombres sólo son humanos en un sentido formal de la palabra. Son cosas que pueden recambiarse cuando no sirven para su labor. Esto en sí, no es algo grave. Cada función que los humanos desempeñan necesitan una idoneidad para ser desempeñada. Idoneidad que puede necesitar del saber, la fuerza física o algún tipo de habilidad o destreza. Por lo tanto cuando esas características se pierden o empiezan a mermar, es lógico que quien desempeñaba una actividad ya no pueda seguir haciéndolo. Lo grave, es cuando las personas son deshumanizadas en la medida en que no se les valora en ninguna otra dimensión, en que toda su consideración queda restringida a un único y estrecho ámbito.

El viejo minero ensayará un pequeño discurso en el cual expondrá no sólo el grado de deshumanización al que han llegado -en tanto sólo parecen tener la dimensión de objetos- sino también la única posibilidad que tienen para poder reconstituirse como sujetos para los otros, pero también para sí mismos pues sólo se puede terminar siendo un objeto para otro cuando uno ya lo es para sí mismo. El viejo intentará mencionar dos elementos que conspiran para dar ese resultado: el silencio y la desunión. En definitiva pueden considerarse uno sólo en la medida en que la unión implica la ruptura del silencio para buscar aquellos elementos comunes. Es claro que esa tragedia excede los límites de la mina y pasa a los ciudades y al campo, donde también la explotación de los hombres adquiere rasgos deshumanizantes.

Pero ese intento discursivo de abatir el silencio mediante un discurso se vuelve estéril en la medida en que no basta sólo la emisión de un discurso para que la palabra retome su poder. Es necesario, para que exista comunicación que además de un emisor, existan receptores para que la locución se transforme en mensaje. Pero al orador le falta público. "Su semblante de ordinario resignado y dulce se transfiguraba al comentar las torturas e ignominias de los pobres y su palabra adquiría entonces la entonación del inspirado y del apóstol. " Véase que al quedar comparado con el inspirado y el apóstol, su discurso pasa a tener rasgos incomprensibles. La inspiración y la iluminación son ambos procesos que colocan al ser humano en un estadio diferente al habitual y por lo tanto toda experiencia de ese tipo posee siempre un componente que no puede transmitirse, ya no sólo por la incapacidad de quien lo experimenta para dar debida cuenta de algo que está un poco más allá del lenguaje, sino también por la incapacidad de quien escucha ese relato para entender acabadamente lo que está en juego debido a no tener ninguna experiencia similar.

Por lo tanto, ni el viejo es capaz de poder plasmar el mundo diferente que sus palabras quieren hacer imaginar, ni los demás son capaces de sentir el mismo impulso. No podían porque habían sido formados en un cultura del servilismo. Para que exista un imperio no sólo se necesita un emperador, sino que los súbditos deben admitir serlo.

Hay dos rasgos que logran, en definitiva, generar ese servilismo entre los trabajadores y ambos tienen que ver con la educación. Uno de ellos está dicho expresamente: una concepción donde el que manda es el destino y no hay alternativa posible a lo que ocurre pues lo que ocurre es lo que debe ocurrir. De la frase "Dios sabe por qué" al más laico "por algo será", hay toda una gama de posibilidades para mantener la idea de que uno tiene la vida que tiene y no puede hacer nada, o casi nada, por cambiarla. La deshumanización del hombre es, sin duda, parte integral de esa reificación del destino, que pasa a obrar como una fuerza ciega, irracional, pero inexorable. Así el destino no es una construcción humana sino una situación dada que debe ser asumida sin pretender modificaciones.

El otro factor operante, pero no explicitado, es la idolatría de la respiración por sobre la felicidad. Nuestra cultura ha hecho todo lo posible, de millones de maneras, para enseñarnos que no venimos a lograr lo que queremos sino a soportar lo que nos es dado. La vida no es solo un valle de lágrimas, sino un lugar como esa mina, donde los hombres soportan lo que sea, porque así es el destino y éste no depende de ellos. La vida se transforma así en una competición de resistencia. La longevidad pasa a ser un valor en sí, sin importar la calidad de vida. Una cultura donde la respiración está por encima de la felicidad y por encima de la libertad, del derecho a ser, es una cultura deshumanizante.

Los personajes de esta mina de carbón son inválidos en un doble sentido de la palabra. Por un lado, porque no valen, no tienen valor como personas sino únicamente como objetos, engranajes, partes de una maquinaria. Es así que ellos valen en tanto mano de obra y nada más. Valen, pues, como un medio para un fin. Pero cuando el ser humano deja de ser un fin en sí mismo, cuando todas las actividades dejan de ser un medio para la realización de todas las personas, entonces estamos, sin duda, en un proceso de deshumanización. Por otro lado, los personajes son inválidos en la medida en que no pueden valerse por sí mismos. Nada pueden obtener de bueno o malo para sus vidas por su propia voluntad y su propio esfuerzo. De esta manera aparece una invalidez que no es meramente responsabilidad personal, sino que tiene una fundamentación cultural; se trata de una invalidez que no es la minusvalía física o intelectual, sino una mucho más sobrecogedora y lamentable.

 

15 de febrero de 2004

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